Paraíso: Fe, la religión como caricatura

 

Paraíso: Fe es la segunda parte de la trilogía Paraíso que ha llevado a cabo el director austriaco Ulrich Seidl y en ella seguimos a la hermana de la protagonista de Paraíso: Amor. Si en aquella veíamos como una señora austriaca moldeaba su propia visión de lo que es el amor, en esta seremos testigos de como Annamaria vive su fe dentro de los particulares cánones que ella le ha puesto a la religión católica.

Seidl sigue con su aparente disección y falso afán de distanciamiento poníendonos frente a incómodas imágenes donde el sentimiento de vergüenza ajena y una ridícula crítica a la religión campan a sus anchas. Creer que porque se deje la cámara quieta y que las cosas pasen delante de ella vamos a dar más veracidad a lo que está pasando es demostrar muy poca visión como director de cine. Parece como si no supiésemos que detrás hay un guionista que ha pensado y seleccionado esas acciones más allá de cómo estén rodadas las escenas.

La visión que Seidl nos intenta dar de la fe religiosa es tan monstruosa, desagradable y rancia que dinamita las aparentes intenciones críticas. Llega un momento en el que la historia se vuelve tan ridícula con la aparición del marido musulmán paralítico de la protagonista que ya no sabemos si esto es una comedia incómoda, una parodia de un viejo cine antirreligioso o que el discurso de Seidl tiene tan pocos matices que no dan pie a la más mínima reflexión.

Crítica paraíso fe

Sería injusto no valorar el sacrificado trabajo de Maria Hofstatter que hace todo lo posible por dotar de humanidad a un personaje que no es más que un cúmulo de clichés fundamentalistas en torno a la práctica religiosa. Es casi lo único valorable en un conjunto que como le ocurría a la anterior Paraíso: Amor peca de dar vueltas sobre sí misma sin llegar a plantear realmente un retrato de apariencia veraz más allá de la caricatura. Habrá que esperar al estreno de la última parte, Paraíso: Esperanza para ver si la cosa remonta en este, por ahora, sobrevalorado tríptico sobre la felicidad humana.

 

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies