Pancho, el perro millonario, falta de talento y ganas

 

Según sus creadores Pancho, el perro millonario simplemente pretende ser una película para disfrutar en familia. Con estas palabras parecen estar pidiendo disculpas de forma que cuando veamos la película no seamos exigentes y que pensemos “bueno, esto es para los niños”. Creo que no tengo ni que decir que tal argumento es deleznable y enormemente cínico al tratar a los niños como seres sin criterio y a los padres como sufridos acompañantes que no tienen nada mejor que hacer.

Son demasiadas las cosas que fallan en Pancho, el perro millonario desde el escaso protagonismo del perro del título al discutible carisma de sus acompañantes humanos, actores todos de origen televisivo a los que parece que Atresmedia, productora del engendro, debía favores. Porque si no tienes presupuesto para o tiempo de rodaje pues no hagas una película en la que se supone que el protagonista es un perro. Así de simple. Todo lo que venga después de este planteamiento supone caer en la cutrez más extrema.

Pancho el perro millonario

Todo se hubiese podido solucionar con un poco de imaginación a la hora de plantear un guión repleto de , chistes y situaciones hilarantes. Para eso hace falta un guionista de talento y Tom Fernández por desgracia no lo es. Parece este un trabajo hecho a desgana con la simple idea de cobrar el sueldo y pasar página a otro asunto. Ni la trama ni las situaciones consiguen tener capacidad de hacernos esbozar unas sonrisas en ciertos momentos puntuales. Los pocos momentos afortunados vienen de parte del duo de villanos formado por Secun de la Rosa y Alex O’Dogherty que son los únicos que parecen haber sido bendecidos con unos personajes y líneas de diálogos salvables de la quema.

Si alguien cree que esto debe ser el cine le animo a que se haga un maratón con Matilda, La Lego Película, El gigante de hierro o Encantada: la historia de Giselle, por poner cuatro ejemplos. Y no, no es cuestión de presupuesto, es de falta de talento y de ganas.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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