Objetivo: Londres, entretenimiento, política y abyección

 

A la hora de enfrentarse al visionado de Objetivo: caben dos posturas: la simplemente hedonista consistente en ver esto como un simple entretenimiento más o menos eficaz; y la más crítica y cortarrollos que busca qué mensaje se nos quieren transmitir con esta historia de señores muy machos contra terroristas musulmanes random.

Objetivo: Londres

En cuanto al primer punto poco se puede objetar. Objetivo: Londres es tan funcional como previsible y si no fuese por los nombres de postín que puebla su reparto (Butler, Freeman, Earle Haley, Bassett, Eckhart, Mitchell, Leo, Forster) todo sería mucho menos entretenido. Ya sabemos que todos están aquí por la pasta pero al menos le ponen un mínimo de convicción al tema para que los 90 minutos se pasen rápido y de forma harto entretenida. A ello ayuda también la puesta en escena del director iraní Babak Najafi que intenta aportar algo de imaginación al evidente pim-pam-pum que es Objetivo: Londres. Como si de un episodio largo de 24 se tratase la película busca no tener un solo tiempo muerto y no dejar pensar demasiado al espectador no sea que se nos aburra un poco.

Pero tildar esto de simple y llano entretenimiento sería tan descabellado como considerar que las películas de en los 80 solo buscaban hacernos pasar un buen rato. El cine, incluso el más intrascendente, puede convertirse en un arma de propaganda política o, al menos, en el transmisor de una serie de ideas. Tal y como vimos en su momento en el sobre la productora Cannon Electric Boogaloo, el cine de Menahem-Golam protagonizado por Norris tenía claro que Reagan era el líder a tener en cuenta y que el comunista era el enemigo a abatir, entre otras ideas.

Objetivo: Londres

En el caso de Objetivo: Londres la cosa está menos clara, manteniendo una ambigüedad que no sabemos si viene dada por una mezcla de los puntos de vista de sus cuatro guionistas o por una simple cuestión de dejadez. Por un lado, queda claro que el malo es un musulmán aleatorio del que se insiste que no trabaja para ningún gobierno en concreto pero que le vende armas a muchos de ellos; Aamir Barkawi, que así se llama, busca por una bomba lanzada por los americanos que mató a toda su . Así, tenemos un tira y afloja dialéctico sobre una venganza y enfado que podemos considerar hasta razonable (al hombre le han matado la ) aunque algo desproporcionado: el tipo se carga medio Londres. Por otra parte, Mike Banning, el personaje de Gerard Butler, demuestra que sus métodos exceden cualquier menudencia expuesta en la Declaración Universal de Derechos Humanos, porque esta es la única forma de enfrentarse a un ejército que no conoce el miedo a la muerte.

Obviamente, todo acaba más o menos bien, las víctimas son simplemente un número que se menciona de pasada y el buenismo se revela como una estrategia inútil contra la amenaza terrorista que solo parece entender la mano dura. Tras los acontecimientos acontecidos en y Bruselas los últimos meses podríamos incluso considerar Objetivo: Londres como un monumento a la abyección que solo busca el entretenimiento y el mensaje facilón a través de una cosa tan seria como la amenaza de atentados en suelo occidental. Pero tal vez sería darle demasiadas vueltas a algo con tan pocas pretensiones.

 

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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