Molly’s Game, la frontera del texto

 

Era cuestión de tiempo que tras veinticinco años de carrera como guionista, productor y creador de algunas de las series más relevantes de los últimos tiempos (El ala oeste de la casa blanca, Studio 60, The Newsroom), Aaron Sorkin diese el paso definitivo a dirigir. El guionista de las recientes La red social, Moneyball y Steve Jobs vuelve a incidir en un personaje real llevando así a la pantalla la intrincada historia de Molly Bloom, una mujer que consiguió organizar las partidas de poker más cotizadas de Hollywood y posteriormente de Nueva York. Molly’s Game es puro Sorkin en cuanto a las marcas que han hecho popular al escritor: diálogos veloces, personajes inteligentes y un continuo cuestionamiento del “sueño americano”.

Molly's Game

Lo que diferencia a Molly Bloom de los personajes de las tres películas anteriormente mencionadas es en primer lugar su género: frente a las historias de tres hombres (dos informáticos y un entrenador de beisbol) que luchan por sacar sus visiones adelante tenemos a una  mujer que ya por lo pronto tiene que luchar por su condición femenina hasta con su padre. Por otra parte, la protagonista recoge de Charlie Wilson, otro de los guiones de Sorkin, el gusto por la zona gris de la ética. Sin ser una delincuente, de eso se encargará de demostrar durante toda la cinta, Bloom aprovechará las grietas del sistema  y de sus jugadores, muchos de ellos ludópatas, para enriquecerse. Aún así, cuando llegue el momento, Bloom se negará a dar nombres por respeto a la intimidad de los mismos. Es alrededor de este dilema moral sobre el que girará toda la película, en la que el personaje interpretado por Jessica Chastain tiene largas conversaciones con su abogado, Idris Elba, sobre la naturaleza (ética) de su fortuna.

Sorkin basa su texto en la autobiografía de Bloom, mostrando una mujer de una extremada inteligencia y convicción (llegó a ser campeona de salto de esquí), que sobrevive en un mundo de hombres donde, como no podía ser menos, la violencia acabará presentándose. Todo está claro en Molly’s Game si tenemos en cuenta las intenciones de Sorkin de hacer una película de personaje. Incluso aprovecha la profesión de psicólogo del padre de Molly para montar una escena (freudiana) que nos explique de donde vienen los conflictos de la protagonista. Sorkin quizás se vea a sí mismo como ese Kevin Costner duro y exigente, pero poseedor de la fortaleza moral que los Estados Unidos de Ámerica parecen haber perdido, y no pierde la oportunidad de regañar a las Mollys Bloom que desperdician su evidente talento.

Molly's Game

Las mejores películas de Sorkin son aquellas en las que los directores han logrado transformar en un lenguaje visual las peroratas del guionista. La red social y Moneyball tomaban como punto de partida el texto para poner en imágenes relatos que se alzaban mucho más allá de las intenciones moralistas habituales del escritor. En cambio, en Molly’s Game, el director debutante no logra traspasar la frontera del texto otorgando una realización excesivamente plana e incluso escasamente imaginativa en narración del punto de vista, al ser el propio personaje de Bloom el que nos cuenta su historia en primera persona (voz en off incluida). Bien le hubiese venido a Sorkin intentar ser más arriesgado en lo narrativo y lo visual al tratarse esta de su primera película porque tal y como se nos presenta Molly’s Game podría estar dirigida por cualquier cuatrero de Hollywood.

Por fortuna, los más que eficientes apoyos de Jessica Chastain e Idris Elba y las (muchas) palabras del guion hacen que Molly’s Game se vea con agrado pero con la sensación de que Sorkin aun tiene mucho que aprender detrás de la cámara. No todo es una buena historia, un buen guion y unos buenos actores. Hace falta algo más.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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