Mission Impossible III (2006), la humanidad de J.J. Abrams

 

La producción de la tercera aventura fue una las más accidentadas que Hollywwod recuerda en mucho tiempo. Tras tener a David Fincher trabajando durante un tiempo Cruise le dio la batuta a Joe Carnahan que fichó a Carrie Ann-Moss, Scarlett Johansson, y Keneth Branagh para su película. Un mes antes de empezar a rodar Carnahan abandonó la producción por las siempre socorridas diferencias creativas. De todos modos Cruise ya le había echado el ojo a un chavalín que llevaba un tiempo haciendo sus pinitos en la tele y que estaba ansioso por dar el salto al cine.

J. J. Abrams no era ajeno al mundo de los espías. Cruise vio su serie Alias y en seguida se dio cuenta de que este tipo tenía cierto talento. Tampoco era ajeno a los grandes presupuestos: en 2004 el piloto de la serie Lost había sido el piloto más caro de la historia de la televisión norteamericana. Por eso nadie se extrañó cuando la Paramount accedió a darle 180 millones de dólares para que rodase la tercera parte de Misión Imposible. Abrams contó con todo su equipo de confianza: los guionistas Roberto Orci y Alex Kurtzman y el compositor Michael Giacchino. Y Abrams, como el resto de directores de la saga, pudo hacer suya la película: están sus lens flares, su gusto por la arbitrariedad y su humanidad.

Al contrario que en la segunda parte, vemos a un humano. Un hombre que se quiere casar y dejar atrás su vida de aventuras y riesgo, pero la responsabilidad de ser un súper espía es muy grande. Abrams maneja estos elementos con una soltura inconmensurable, ofreciendo un maravilloso espectáculo impropio de un novato. Ni un tiempo muerto y una excelente definición de personajes hacen de esta la mejor película de la saga. De nuevo, las referencias a son notables: el macguffin elevado a categoría de arte narrativo.

Todo un acierto el contar con Abrams. Tan contento quedó Cruise (y el público) que lo volvería a llamar para que produjese la siguiente entrega Mission: Impossible, Protocolo Fantasma que se estrena mañana. Y mañana os contamos lo mucho que nos ha gustado.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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