Los lumbreras del cine

Hay una corriente cinematográfica, especialmente centrada en los años 90, empeñada en hacernos sentir un poco más tontos. Historias sobre mentes prodigiosas en cuerpos que, para nuestro consuelo, suelen tener problemas de adaptación. Hacemos un repaso de los grandes genios del celuloide –y el DVD.

Las películas sobre mentes privilegiadas capaces de resolver en segundos problemas que al resto de los mortales nos costarían años, tienen varias características en común: normalmente son hombres –jóvenes-, sumamente inteligentes pero con problemas de integración social, suelen contar con algún mentor que les ayuda, y muchas veces están basadas en historias reales.

El paradigma de este tipo de película es la oscarizada (al género en general le ha ido muy bien en los Oscars) Rain Man.

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Estrenada en 1988, la historia de los hermanos Charlie (Tom Cruise) y Raymond Babbitt (Dustin Hoffman) puso sobre el mapa una enfermedad, la del autismo, de la que poco se sabía. El film de Barry Levinson fue un éxito y abrió la veda de las películas de genios inadaptados.

Rain Man es el referente pero seguramente el punto de inflexión fue el también oscarizado trabajo de Matt Damon y Ben Affleck de 1997 dirigido por Gus Van Sant: El indomable Will Hunting. Ya el año anterior Geoffrey Rush había ganado un Oscar por su interpretación de David Helfgott en Shine: basada en hechos reales, cuenta la historia de este talentoso pianista cuya vida está marcada por crisis nerviosas y una enfermedad mental provocada por la mala relación con su padre.

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El guión de Damon y Affleck daba una versión más “amable” del genio. Un genio que además podría ser cualquiera de nosotros. Guapo, sensible, divertido, un chico de barrio pero un auténtico “cerebrito”. Ése es Will Hunting, quien además formaba un tándem perfecto con un actor muy de moda en el momento por sus papeles de hombre comprensivo y “buena gente”: Robin Williams.

La fórmula fue perfecta y al año siguiente Damon, esta vez sólo como actor, intentó explotarla un poco más con su papel en Rounders. Película de culto para los amantes del poker, juego que aparece como un ejercicio de probabilidades y estudio psicológico alejado de la idea de azar que se tenía de él.

Edward Norton aparece como el “pillo” y John Malkovich como mafioso pero Matt Damon es el genio. Igual que Raymond Babbitt, se aplica la inteligencia al mundo del juego. El poker se vio como algo más cercano que la física y, aunque Rounders no tuvo el éxito comercial ni de crítica que El indomable Will Hunting, sí que influyó en toda una generación de futuros jugadores que coincidió con los inicios del poker en internet, que permite practicar sin riesgo de perder dinero, y acababa con muchos tópicos. Una suerte que Mike McDermott, el personaje de Damon, todavía no conocía. Y eso que saber, sabe un rato; atención a la jugada (en inglés):

El boom de El indomable Will Hunting siguió con un toque racial en Descubriendo a Forrester (2000). Esta vez el genio era un chaval negro superdotado que juega al baloncesto y su tutor nada menos que Sean Connery. La fórmula: la misma.

Al año siguiente llegaría la madre de las películas de genios: Una mente maravillosa (2001). Oscar a mejor película, director (Ron Howard), actriz de reparto (Jennifer Connelly) y nominación para Russell Crowe.

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La historia de John Forbes Nash Jr., Premio Nobel de Economía por su aportación a la teoría de juegos, fue la cumbre de las películas de mentes brillantes y puso fin a más de una década de genios en la que también hubo espacio para un sub-género: el de los niños superdotados, con El pequeño Tate de Jodie Foster (1991), En busca de Bobby Fischer (1993) sobre el ajedrecista Josh Waitzkin, o el niño prodigio que interpreta William H. Macy en Magnolia (1999). Pero esa, ya es otra historia.

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Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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