L’alternativa: Yes, we fuck!, la mirada hacia el otro

 

El principal objetivo de un como Yes, we fuck! es dar visibilidad a un asunto que a muchos les puede parecer algo escabroso: la sexualidad de las personas con algún tipo de disfuncionalidad física o psíquica. Aunque bien es cierto que películas como la reciente Life feels good, y yéndonos más lejos Nacional 7 o Alguien voló sobre el nido del cuco, habían tratado el tema de forma más o menos directa ver de primera mano las declaraciones de los protagonistas añade interés a un tema ciertamente difícil.

yes, we fuck

Como bien deja claro Yes, we fuck! el tema es difícil porque tenemos una barrera psicológica que superar. Si el sexo lo asumimos como una cosa más cercana a 50 sombras de Grey que a la realidad es obvio que los protagonistas de este documental no entran en la norma. Una norma que en realidad nos hemos inventado entre todos, de forma que el sexo en la pantalla debe ser algo glamouroso, salvaje, incluso algo sucio, pero sin entrar en demasiadas estridencias.

Yes, we fuck! apuesta por ponernos de frente con imágenes netamente pornográficas que a buen seguro resultarán incómodas para muchos. Obviamente el problema no está en las imágenes, que como mucho pueden ser tildadas de poco pudorosas, como decenas que vemos a lo largo del día, sino en nuestra mirada acostumbrada a la representación idealizada de un acto sexual entre dos bellos especímenes. Aquí, con mucho sentido del humor y ternura, veremos, por ejemplo, cual es la dificultad que tiene para vivir su sexualidad alguien que no puede moverse de cuello para abajo, pero sigue manteniendo la sensibilidad. Tras haber escuchado decenas de declaraciones asistiremos a esta larga secuencia que nos llevará a entender algo que por prejuicios no hemos querido ver.

yes, we fuck

La labor didáctica de Yes, we fuck! es más que suficiente para que aprendamos a educar la mirada en otras realidades que van allá de la nuestra y nos esforcemos por entender que hay otros mundos llenos de miles de dificultades que debemos apreciar con empatía. Sé que suena a obviedad digna de Paul Coelho, pero la mayoría de las veces se nos olvida.

 

 

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Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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