La soga, una fiesta y mucho suspense

 

Viernes noche, te invitan a una cena en un apartamento, en una pequeña mesa hay una gran cantidad de comida y bebida para servir a los invitados, pero la mesa principal está vacía y los anfitriones están algo inquietos. La soga de Alfred Hitchcock es una buena opción para aquellas personas que este Halloween quieran huir del cine de terror convencional y lleno de clichés para disfrutar de una breve película llena de suspense.

La soga

Es sorprendente la cantidad de detalles, mensajes e intriga que se puede conseguir en un plano secuencia de 1 hora y 20 minutos como el de La soga. A pesar de la gran teatralidad que se respira en el ambiente, con exageradas actuaciones por parte de los actores, y las escasas localizaciones, esta película juega en todo momento con las emociones de los espectadores, y te hace dudar inevitablemente de que parte estás, si de la del bueno o la de los “malos”.

Bien es cierto que un único plano puede llegar a saturar, y que un filme basado en conversaciones y miradas no es para todo tipo de públicos, pero la elección de los momentos claves en los que se desarrollan los puntos fuertes de las acciones están tan bien elegidos que algo tan sutil como cerrar una puerta o un plano de unos libros atados con una cuerda pueden marcar la diferencia entre, un filme mediocre, o una obra maestra.

La soga

Puede que no estemos hablando de la mejor obra del director, nos sonarán más otros títulos más reconocidos como pueden ser Psicosis, Los pájaros, o Vértigo, pero la gran maestría con la que Hitchcock controla cada detalle que pasa por la cámara durante casi una hora y media es digna de, por lo menos, verla e intentar encontrar, como si de un juego se tratase todos los mensajes escondidos en pantalla.

Cabe destacar la minuciosa puesta en escena. Cada mueble, cada objeto y cada reflejo de luz están analizados con lupa y listos para cumplir un objetivo en la historia. Además no puedo terminar esta reseña sin hacer mención a lo logrados y trabajados que están los diálogos (destacando el increíble monólogo final de James Stewart). El gran genio del cine de suspense Alfred Hitchcock conseguirá, una vez más con sus increíbles dotes, que no te vuelvas a fiar de un anfitrión al ser invitado a una cena.

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