La pasión de Port Talbot, teatro filmado de vanguardia

 

Con algo de retraso, la película es de 2012 y la Semana Santa pasó ya, llegó el pasado viernes a nuestras carteleras , atípica versión de basada en la novela The gospel of us de Owen Sheers y llevada a “la escena” por en 2011.

La pasión de Port Talbot

Lo de “la escena” es necesario que sea puesto entre comillas ya que lo que hicieron el actor Michael Sheen y el director fue poner en pie el texto durante cuatro días, con el apoyo del National Theatre de Gales y los habitantes de Port Talbot. Para ello usaron todos los espacios naturales que tuvo a su disposición en la localidad galesa construyendo una película que viaja entre el ejercicio de improvisación cinematográfico y el making-of sofisticado. De hecho, La pasión de Port Talbot está más cerca del ejercicio de fusión de cine y teatro tal y como planteó en su más que recomendable Looking for Richard, que en una adaptación teatral al uso.

La estrategia de Sheen y McKean consiste en modernizar el relato de la Pasión de forma que encontramos a los secundarios habituales (Barrabás, Poncio Pilatos…). De esta forma, nos damos cuenta que los comportamientos humanos son perfectamente reconocibles independientemente de las épocas: el egoísmo, la ruindad y el espíritu de sacrificio siguen presentes en la historia, independientemente de que el formato sea más o menos vanguardista o actual.

La pasión de Port Talbot

La pasión de Port Talbot exige un esfuerzo por parte del espectador a la hora de hacer entendible su trama y en este sentido no ayudan ciertos pasajes de gran fuerza visual y metafórica. El carácter experimental de la película se hará cuesta arriba para muchos, pero es aun así un más que interesante ejercicio de maridaje teatro-cine donde cada uno de los artes tiene su sitio y lugar, demostrando que la idea del teatro filmado puede dar de sí más de lo que estamos acostumbrados. Y además, a los actores británicos siempre da gusto oirlos declamar.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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