La isla mínima, el amargo pasado y presente de España en clave de thriller

 

Ya desde los años 40 el , o el como se llama ahora, ha servido para reflejar los dobleces más oscuros del alma humana, un género donde la lucha del bien contra el mal es el motor. Además, en España, el cine negro ha servido en muchas ocasiones para establecer un estado de ánimo social: desde la fundacional Surcos de José Antonio Nieves Conde, pasando por el mejor José Luis Garci de El crack, hasta llegar al Vicente Aranda de Amantes y La huella del crimen. Ahora Alberto Rodríguez se ha propuesto, con el permiso de Urbizu, aportar su grano de arena con el involuntario díptico que La isla mínima forma ya con su anterior película, la excelente Grupo 7.

La isla mínima desarrolla la investigación de la desaparición de dos adolescentes en las marismas sevillanas en el año 1980 por parte de dos policías madrileños. La aparición de estos dos extraños en una comunidad tan cerrada (tanto física como anímicamente) provocará que las cloacas del pueblo se vean revueltas y que las heces morales salgan a flote.

La isla mínima

La isla mínima basa su éxito (cinematográfico) en dos patas: la localización geográfica y temporal. De la primera, Rodríguez extrae gran cantidad de belleza formal, tanto en unos impresionantes y abstractos planos aéreos de las marismas, como en la captación de un ambiente tan brumoso como lleno de luz y calor. Y uno se pregunta por qué el ha tardado un siglo en aprovechar tan personal paisaje. Nos conocemos de memoria los humedales y pantanos de Luisiana de verlos en mil y una películas y en cambio para muchos estas Marismas del Guadalquivir serán todo un descubrimiento gracias a La isla mínima.

La segunda pata, la localización temporal de La isla mínima, sirve a Rodríguez y su coguionista Rafael Cobos para inspeccionar tanto el pasado como el presente de nuestro país: los policías interpretados por y Raul Arévalo representan las dos formas de entender la transición, es decir, el inmovilismo contra el progreso. Aunque no todo es tan fácil, La isla mínima consigue no caer en el maniqueísmo habitual de este tipo de relatos llegando a una conclusión brutal: el monstruo es humano, puede estar entre nosotros e incluso podemos ser nosotros mismos. En este sentido, la interpretación de Gutiérrez supone un mazazo por parte de un actor que siempre ha sido grande pero ha tenido pocas oportunidades de demostrarlo. El actor asturiano aporta una calma, credibilidad y explosión interior que toma como base el personaje excelentemente escrito por Rodríguez y Cobos, pero ampliado por él a unos extremos impresionantes. El que sale perdiendo en este combate es Raul Arévalo, que queda un peldaño por debajo al tener su personaje algo menos de desarrollo y enjundia, lo que de todos modos no resta mérito a la labor del actor madrileño.

La isla mínima

La isla mínima habla con amargura de un pasado que contiene inevitables ecos en el presente que vivimos, un presente (el español) que aún no ha cerrado ciertas heridas del franquismo, fruto de un mirar para otro lado que en su momento tuvo utilidad práctica pero que hoy resuena a injusticia. De todos modos, Rodríguez y Cobos hacen bien en no pontificar y caer en un panfleto facilón de víctimas y verdugos: la incomodidad de la secuencia final sirve como resumen de intenciones y para decirnos que la realidad no es tan simple como una cuestión de buenos y malos. No se puede tampoco dejar de mencionar el certero retrato sobre lo femenino que hace La isla mínima: unas mujeres que a pesar de sufrir una extrema violencia son constantemente juzgadas y sometidas al escrutinio social y que en pocas ocasiones se ven a sí mismas como víctimas.

Con La isla mínima Alberto Rodríguez demuestra tener una cabeza muy bien amueblada y unos criterios cinematográficos que van desde el neothriller de Fincher (algún día habrá que hablar de la alargada sombra que Zodiac proyecta sobre todo el thriller contemporáneo) a la España más cañí de Carlos Saura (desde La caza a El séptimo día). La sabiduría, calidad y talento de Rodríguez no es algo que abunde en nuestro cine. Ese talento que tiene la capacidad de conjugar pasado y presente, partiendo de nuestro cine y expandiéndose en lo universal. Un talento que esperemos que dure por mucho tiempo. No lo pierdas, Alberto.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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