Juegos sucios, la dignidad por los suelos

 

En un mítico episodio de presenta basado en un cuento de , The man from the south, un siniestro Peter Lorre embarcaba a un joven en una macabra apuesta: McQueen debía encender su infalible mechero de gasolina en diez ocasiones seguidas; si lo lograba, Lorre le regalaba su lujoso coche, si fallaba éste le cortaría el dedo meñique al novato jugador. Varias décadas después, en la película por episodios Four Rooms recuperaba la apuesta con como sufrida víctima. El sentido de la historia estaba claro: ¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar y qué sacrificarías por conseguir algo?

Similar premisa, multiplicada por mil, es la que propone E.L. Katz en Juegos sucios: Craig es un padre de familia hasta arriba de deudas que ve como un extraño ricachón le va proponiendo surrealistas apuestas a cambio de dinero; llegando incluso a sugerirle que se corte el dedo meñique. A Craig se le une un viejo amigo que supondrá su competencia por el amor económico del excéntrico Colin. Como era de esperar, durante la lucha se sucederán extravagantes situaciones que llevarán al límite la humanidad de los personajes.

Juegos sucios

Juegos sucios supone todo un ejercicio de estilo donde la acción se reduce a un par de escenarios y al espacio temporal de una noche. Si bien la inventiva detrás de la cámara por parte de E. L. Katz no es gran cosa, el calculado guión de Trent Haaga y David Chirchirillo posee el suficiente ingenio para que el humor negro y la violencia sean suficiente para tenernos pegados al sillón. Así, la degradación moral de los personajes va dando tumbos de forma divertida, oscilando entre los que al principio parecen los malos hasta esos buenos que en realidad no lo son tanto.

Por último, cabe destacar la presencia del siempre malrollero David Koechner, que muchos recordaréis como el Todd Packer de The Office y uno de los reporteros que acompañaban a Ron Burgundy, como el adinerado Colin que disfruta lujuriosamente viendo sufrir a dos pobres perdedores que son capaces de perder todo rastro de dignidad con tal salir de unos apuros que ya les hicieron dejar de lado el concepto del honor hace tiempo.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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