Foxtrot, errores que cuestan vidas

 

¿Puede una película imitar el ritmo de un baile de salón? Samuel Maoz lo ha conseguido. Su Foxtrot marca los pasos deliberadamente en una pista interior como es la casa familiar de los Feldman y una exterior junto a un puesto militar. La pieza comienza lentamente con una noticia que destrozará por unas horas la vida de un matrimonio israelí de clase alta. Sin apenas diálogos la tensión explota con inusitada rabia y víctimas inocentes que solo intentan ayudar o consolar a los heridos. Mientras la bella durmiente escapa al horror el rey visita a su madre que ni siquiera se acuerda de él. El segundo paso lleva al hermano y a la hija de Michael hasta ese hogar bombardeado que tiene que prepararse para enterrar a sus muertos. Es momento de conversaciones silenciosas y confesiones sorpresa que en vez de hacer avanzar la trama la detienen varios minutos. La mitad de la base ya está conseguida, ahora solo queda viajar al otro lado. Allí los militares desplazados viven cada día aburridos con su trabajo, parando y controlando a los automóviles que transitan por esas carreteras perdidas temerosos de que una mañana su morada se hunda en el barro.

Foxtrot

El director describe en Foxtrot con absoluta precisión y detallismo tanto el paisaje que los rodea, con una fotografía que roza la excelencia, como el estado de ánimo que los sacude a cada momento ¡increíble el bailecito moderno con coreografía que se marca el soldado con su fusil al lado de la furgoneta retro! En ese lugar parece que el tiempo se ha detenido, con una radio que tiene más años que el sol y un cuento narrado sobre una revista erótica que sorprende a más de uno, la pausa rápida entre el tercer y cuarto paso que apenas se percibe. El uso y abuso del picado y de las tomas cenitales a veces pone nervioso, al igual que ciertos primeros planos que revolotean como unas polillas encerradas que desean liberarse de su jaula de cristal. El último avance que se realiza es también más rápido con una acción a prueba de balas y un secreto que debe enterrarse en la arena, la misma que recorre el divertido dromedario o que mojada por la lluvia puede mover cualquier cosa. Es hora de volver a juntarse, de acercar los dos pares de pies. Michael y Dafna pasado un tiempo de la terrible noticia han decidido reencontrarse y descubrir lo que aun les une para que el baile pueda continuar con otra figura distinta más complicada.

Samuel Maoz ha vuelto a las andadas con un film crítico con su país que ha levantado ampollas. En Foxtrot todo comienza y termina en el mismo lado, convirtiéndonos en dioses que desde las alturas conocemos todo lo que se cuece, nunca mejor dicho, en cada lugar. Surrealistas acciones en el baño con un grifo abierto o sesiones de dibujo en un diario o cuaderno de campaña que es uno de los pocos recuerdos que les quedan a los padres de Jonathan. Su Israel vive anclada en el pasado, no avanza ni supera aquello que le hizo tanto daño, es como esa pareja que amargamente se reúne en la cocina frente a un pastel. Un país lleno de contrastes, frontera del Golán y rica residencia para mayores donde vive la madre de Michael, un país que tiene en el servicio militar obligatorio un principio inamovible y que aquí es zarandeado con mucha intención, no por un crítico extranjero sino por uno de los suyos, lo que da más rabia.

Foxtrot

Internacionalmente no se le puede reprochar nada a Foxtrot y aunque no ganó el León de Oro en Venecia como en el 2009 con Líbano, al menos se llevó el aplauso y el Premio especial del Jurado. Es la Handia y La Librería de Israel de este año pero no tiene la calidad ni el guion de la The Square sueca ni es un insulto tan grave como el de Ziad Doueiri y por eso no veremos a Maoz luchar por el Oscar este año.

Dos apellidos que se parecen, dos artistas y fotógrafos que tienen en el surrealismo una verdad que muestran al mundo. Chema Madoz y Samuel Maoz con su cámara revelan lo que no se ve, lo que se oculta por su tamaño. Unos cables colocados al azar que componen una figura nueva, unas luces que enfocan cuerpos empapados sin abrigo ni consuelo, un cosmos inquieto que no para de moverse en direcciones contrapuestas. Poetas de la imagen que disfrutamos con obras colgadas en una pared o proyectadas en una gran pantalla blanca. Arte quieto o en movimiento, a cámara lenta o con escenas larguísimas que no todos llegamos a ver pero que todos sentimos, como ese cuadro abstracto de la entrada a la casa de los Feldman, como la lata de conservas que cae desequilibrada o como esa barrera de hierro oxidada que lentamente es bajada en la frontera.

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