Filmadrid: THE WOMAN WHO LEFT de Lav Diaz, luces y sombras de una venganza

 

La tercera edición de arrancó para nosotros con un encuentro muy especial. Tras haber dedicado toda una retrospectiva en 2015, el festival madrileño contó con la presencia del cineasta filipino que trajo bajo el brazo sus dos últimas producciones: The Woman Who Left, León de Oro en el de 2016, y A Lullaby to the Sorrowful Mystery, Premio Alfred Bauer en el último .

The Woman Who Left

The Woman Who Left narra la historia de Horacia, una mujer que has sido injustamente encarcelada durante 30 años por un crimen que no cometió. De este modo, planeará su contra el hombre que la traicionó mientras intenta rehacer su vida lejos de su y la gente que la conoció años atrás. De día, ayuda a sus nuevos vecinos, con especial atención a Hollanda, una prostituta travesti eternamente sufridora; por la noche, Horacia vaga por las inmediaciones de la mansión de su objetivo, Rodrigo Trinidad.

El contraste entre la luz y la oscuridad, el día y la noche, articulan The Woman Who Left de la forma en que viene siendo habitual en la obra de Lav Diaz: planos fijos de larga duración, blanco y negro altamente contrastado y trasfondo político social que sirve más como marco que como verdadero tema de la obra (en este caso una ola de secuestros que sufrió Filipinas a mediados de los 90). Diaz prosigue en ese empeño de “buscar la unidad entre el tiempo y el espacio”, aunque sin dejar de lado la elipsis y lo acontecido fuera de campo.

The Woman Who Left aúna el aspecto disgresivo del cine de Diaz (la ausencia de montaje dentro de las secuencias así como los largos soliloquios acerca de Dios, la justicia y la verdad lo atestiguan) con toda una serie de acontecimientos fuera de campo que para otros cineastas se convertirían en lo más relevante: la traición, la venganza y la resolución final quedan fuera de nuestro alcance, demostrando así que esas largas exposiciones en el cine de Diaz esconden mucho más de lo que aparentan.

 

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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