Festival Márgenes: El rostro, recuerdo fuera de sincronía

 

La producción argentina El rostro de Gustavo Fontán se ha alzado con el Premio a la Mejor Película dentro del Festival Márgenes, que reúne una estimulante colección de películas que, como el nombre de la iniciativa indica, se sitúa en los del cine. Estos no son solo industriales y de producción, sino que se circunscriben sobre todo dentro su carácter que provoca que muchos espectadores no soporten su visionado.

El rostro narra un viaje físico y emocional a una isla donde pasado y presente se funden en un juego de descoordinación. Los ecos de un tiempo pretérito aparecen en forma de sonidos que no acompañan a lo que estamos viendo, provocando una continua sensación de desasosiego en el espectador. Conviene señalar que esta estrategia audiovisual tiene su peligro: en los tiempos donde internet es la plataforma de visionado y nuestras conexiones fallan de forma habitual, a veces uno no sabe si esta falta de sincronía es culpa de nuestro ADSL o decisión de Gustavo Fontán. Aun así, el juego es muy interesante y los resultados muy sugerentes.

El rostro

Fontán también propone una mezcla de formatos donde la imagen analógica llena de grano en sus diferentes formas ayuda a comprender este continuo viaje en el tiempo, que es también una travesía hacia unos recuerdos que se nos muestran borrosos. El rostro construye esta maraña de imágenes de forma similar a la que nosotros construimos lo que vivimos y evocamos: seleccionando y evocando lo que fue, de forma aleatoria y caprichosa. De todos modos, basta con decir que la belleza de las imágenes ya es motivo suficiente para acercarse, con calma, a El rostro. 

No está de más recordar que el evidente carácter experimental de El rostro, cosa que no debe ser tomada como algo despectivo, sino como una característica de la obra que no la hace ni mejor ni peor que cualquier otra película comercial. Cierto es que necesita de un esfuerzo, de una concentración, pero, como digo muchas veces, hay que aprender a ver.

Puedes ver El rostro en la web de Márgenes hasta el 31 de diciembre de forma gratuita

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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