Festival de Málaga, Sección Oficial: SELFIE, la España pija

 

Selfie de Victor García León se presenta como si de un cruce entre Berlanga y Gervais se tratase: del primero recupera el gusto por el vitriolo y la capacidad de observación donde los comportamientos privados y personales se convierten en manifiestos políticos; del segundo toma el gusto por la primera persona, el mockumentary y la vergüenza ajena como modos de acercamiento al espectador.

Bosco es el hijo de un ministro del PP que es encarcelado por corrupción y ve como todo su mundo se derrumba sin remedio: su familia le da la espalda, su novia le deja y todo su círculo se desvanece. Bosco pasa de ser un triunfador que estudia un MBA a un paria que termina codeándose con detestables podemitas. Bosco nos cuenta su experiencia porque casualmente estaban haciendo un sobre él; así, sin pudor, vemos como funciona su mente, su construcción social y su inane mundo personal.

García León centra toda su rabia, en forma de , hacia este pijo de escasa moral, a la vez que realiza un ácido retrato sobre lo efímero del éxito, sobre todo si es el de tus padres y tu no eres más que un chupóptero. Por supuesto, Selfie es un retrato de una parte de España que está ahí y que en sí misma es un : no hay que ser demasiado avispado para ver que el director no se corta en mostrar símbolos del Partido Popular, con presencia estelar de una de sus lideresas más reconocidas. También es de agradecer que se carguen las tintas también, aunque un poco menos, hacia sectores más perroflautas que tampoco es que salgan del todo bien parados.

Aun así, Selfie peca de cierta redundancia en su tramo final donde son pocas ya las sorpresas tras haber visto a Bosco pasar mil y una penurias. Está claro que no pedimos una redención del personaje, eso se muestra claramente imposible, pero sí algún giro que hubiese sacado a Selfie de la reiteración. De todos modos, es esta una película necesaria en estos tiempos donde al le cuesta acercarse a la realidad social si no es con dramatismos. A veces unas risas son la mejor forma de abrir los ojos.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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