Festival de Sevilla 2018: “Vivir deprisa, amar despacio” de Christophe Honoré

 

Se agradece que en un Festival dado a incluir en su selección a películas bastante tremendistas (tanto en tono como en forma) se haya colado una película tan humanista como Vivir deprisa, amar despacio. Esto no quiere decir que la última obra de Christophe Honoré tenga gran valor cinematográfico. Es de esas obras que son la mar de útiles como base estudiantil para tratar el tema del SIDA en su peor época, la década de los noventa. Un profesor llega a su clase con esta película bajo el brazo y se puede convertir, claramente, en el favorito de los alumnos.

Vivir deprisa, amar despacio

El principal escollo que presenta Vivir deprisa, amar despacio no es su larga duración sino cómo emplea el metraje el cineasta galo. Para haber comprendido en total magnitud la relación entre un profesor enfermo de VIH y un díscolo joven bretón que apenas despierta a la homosexualidad (aún mantiene relaciones sexuales con su novia), Honoré erra al no prestar atención a sus personajes en solitario, no nos permite tener una descripción exhaustiva de los mismos con su entorno y, cuando lo muestra, lo hace de manera un tanto torpe y repleta de clichés. Por ejemplo, para mostrar el idealismo amoroso y vital del escritor nos muestra que en su cuarto tiene un póster de Boy Meets Girl de Léos Carax. Por otro lado, para resaltar la condición de promiscuo y hedonista del joven bretón nos muestra que tiene como única decoración un poster del Querelle de Fassbinder.

Son ese tipo de decisiones más propias de un debutante las que lastran la propuesta que, no obstante, se ve con agrado y que no abusa de sentimentalismos baratos, regalándonos escenas tan emocionantes como las del escritor y su expareja, juntos en la bañera. Una película, quizás, menos ambiciosa de lo que se cree, pero a la que se puede acudir con gusto.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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