Festival de Sevilla: La profesora de parvulario, talento y belleza contra el mundo

 

El director israelí Nadav Lapid vuelve al Festival de Sevilla donde participó hace dos años con su debut Policeman. En esta ocasión deja de lado, aunque no demasiado, el retrato social y se embarca en la historia de una maestra de guardería que descubre que uno de sus alumnos de solo cinco años tiene un innato talento para la poesía.

El planteamiento de La profesora de parvulario sirve a Lapid para contemplar de qué forma la sociedad occidental reacciona a este extraño y poco apreciado don de la poesía: ser capaz de expresar bellos y complejos pensamientos mediante la palabra, sin ni siquiera, en este caso, entender lo que realmente está transmitiendo. Nira, la profesora, se ve moralmente obligada a proteger a Yoav de un mundo que no le comprende y que incluso le desprecia, desde su niñera pasando por su padre. La lucha de Nira centra la trama principal que funciona para reflexionar sobre la naturaleza del talento y la idea de la belleza: Yoav es un espíritu puro, sin contaminar, frente a un plantel de personajes adultos que acaban cayendo presa del miedo y la abyección, anulando al niño poeta dentro de un ambiente lleno de vulgaridad.

La profesora de parvulario

La pureza de Yoav es la pureza de Nira, pero ésta está permitida en un niño de cinco años y no en una persona adulta. Así, cuando Nira tiene que tomar decisiones radicales para proteger a Yoav queda claro que su empeña está condenada al fracaso. Las extremas sensibilidades de Yoav y Nira son complementarias pero en un niño de cinco años son vistas como pequeñas monerías, pero en el caso de Nira adquieren tintes de desesperación ante un mundo que no le valora.

A pesar de las buenas intenciones de Lapid, La profesora de parvulario se muestra descompensada, ofreciendo en algunos momentos demasiadas subtramas que intentan completar el retrato de Nira, pero que no hacen más que lastrar el conjunto final. De todos modos, queda el buen trabajo del duo protagonista, la actriz Sarit Larry y el niño Avi Shnaidman, para valorar en buena medida la pesimista visión de un mundo cada vez más empeñado en erradicar la belleza y la diferencia.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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