Festival de Málaga: Todo el mundo lo sabe, los secundarios de la corrupción

 

El segundo que hemos tenido la oportunidad de ver en esta edición del Festival de Málaga ha sido Todo el mundo lo sabe de , una película que centra su atención en los personajes secundarios de un caso de corrupción. A través de un periodista, la amante del corrupto encarcelado y un compañero de celda, entre otros, iremos conociendo al corrupto, siempre ausente pero presente en las conversaciones de los personajes.

Si solemos tener la queja habitual de que el es demasiado hablado y explicativo (en lo que llevamos de festival películas como Matar el tiempo, El país del miedo o Asesinos inocentes hacen gala de este cancer narrativo), Todo el mundo lo sabe basa su atención precisamente en llevar al límite este concepto: así, es una película que sin demasiado esfuerzo podría dar lugar a una obra de teatro o representación radiofónica.

Todo el mundo lo sabe

Larraya elabora una película que tiene su fuerte en unos diálogos naturalistas que mezclan banalidades cotidianas con esta trama de corrupción que cruza a todos los personajes. Solo a través de estos diálogos iremos conociendo las circunstancias de cada uno ellos en un ejercicio de estilo muy satisfactorio en el que los actores son los grandes ganadores.

Aun así, a Todo el mundo lo sabe no le hubiese venido nada mal un poco más de esfuerzo de planificación visual de cara a no verse reducido a un mero ejercicio, interesante pero limitado, que, por otra parte, nos demuestra que la crisis que vivimos puede dar para mucho, siempre y cuando los cineastas olviden burdos maniqueísmos y tengan en cuenta que tanto los corruptos como los que les rodean son seres humanos y no monstruos abstractos. Todo llegará.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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