Festival de Málaga: Los héroes del mal, descompensada reflexión sobre el mal

 

El actor Zoe Berriatúa debuta en la dirección de largometrajes de la mano de Alex de la Iglesia, que parece haberle cogido el gusto al tema de producir tras la sorprendente Musarañas. Berriatúa escoge el complejo mundo adolescente en una historia que retrata a tres jóvenes, dos chicos y una chica, enfadados con el mundo.

Los héroes del mal arranca de forma brillante, escogiendo a sus tres protagonistas entre múltiples chicos en una clase de instituto. La presentación de personajes en sus primeros minutos es tan concisa como reveladora: Berriatúa elige centrar el foco en ellos y no apartar la cámara de sus rostros privándonos, de forma acertada, de cualquier contexto familiar o social. Esta abstracción supone el mayor acierto de Los héroes del mal ya que convierte a sus protagonistas en una suerte de individuos que viven en un entorno aislado, ajenos al mundo que les rodea.

Los héroes del mal

Pero por desgracia Berriatúa no consigue mantener la brillantez del arranque. En un secuencia de Los héroes del mal uno de los personajes recrimina a los otros dos que se comportan como unos cliches de adolescentes malcriados. Esta autoconsciencia de estar siempre en el filo del tópico del rebelde sin causa intenta ser sorteada con buen criterio, pero en muchos momentos tenemos una sensación de repetición, sobre todo si recordamos que hace un par de años en este mismo festival triunfó una película de características muy similares. Así, una vez situadas las piezas Los heroes del mal pierde el foco, da vueltas sobre si misma y abusa de explicaciones de los personajes acerca de sus sentimientos. Tampoco le hace demasiado favor la soberbia elección de música clásica que acompaña a la historia: el excesivo subrayado que esta provoca en ciertos momentos hace cuestionar una arriesgada y valiente elección estilística que solo funciona de forma intermitente.

Hay que reconocerle a Zoe Berriatúa el arrojo de haber construido una película ciertamente particular, que nos presenta a un director a seguir. Esta reflexión sobre la naturaleza del mal puede estar descompensada y a pesar de sus carencias muestra un arrojo poco habitual en nuestro cine.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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  1. 18 abril, 2015

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