Festival de Málaga: Los exiliados románticos, cine de otro tiempo

 

Tras debutar con la desigual Todas las canciones hablan de mí y de alejarse de la comercialidad en Los ilusos, continúa su huida de los estándares españoles con Los exiliados románticos, última y mejor película vista en Festival de Málaga.

Sin dejar de lado la filiación francesa que ya imperaba en sus anteriores películas, Trueba lleva al mínimo el argumento de su tercera película: en escasamente 70 minutos presenciamos a los tres protagonistas encontrarse con sus tres amadas. Así, cada uno de ellos mostrará una visión diferente del acercamiento a las mujeres que aman, en una estructura tan simple como efectiva. El amor es el motor del mundo, nos viene a decir Jonás Trueba mientras sigue el viaje de Madrid hasta París de estos tres muchachos enamorados del amor.

Los exiliados romanticos

Risas, vino, charlas intelectuales y música, mucha música, se suceden en estos tres acercamientos al hecho amoroso que propone Los exiliados románticos. Y sobre todo una alegría de vivir consciente de que existe el rechazo y el desamor. Todos estos temas y más son tratados por Trueba como el que filma la nada, con una aparente ligereza que encierra una captación de la vida romántica. Mediante planos largos, con conversaciones aparentemente banales pero llenas de sentimiento, Trueba deja pasar la vida de sus personajes ante nuestros ojos, con la convicción de que nunca sabremos cómo acaba todo realmente.

Los exiliados románticos es una película de otro tiempo, con una sensibilidad muy alejada de los estándares actuales donde toca ser cínicos y descreídos. Una película de apariencia pequeña, que corre el riesgo de ser vista como una obra menor. Una mirada a la vida llena de pasión y luz, que sin ser almibarada ni cursi, nos deja la sensación de haber presenciado un retazo de vida que abandonamos a su suerte en un hermoso lago.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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