Festival de Málaga: Diamantes negros

 

Diamantes negros de Miguel Alcantud nos mete en el mundo de los niños africanos, de Mali en este caso, que quieren triunfar y buscarse la vida en el fútbol europeo. Según se nos cuenta es práctica habitual que ojeadores y managers recluten a estos chicos con ganas de salir de su pobre entorno y los dejen tirados en cuanto ven que no funcionan para lo que tenían previsto.

Una vez vista la sinopsis poco más se puede contar de Diamantes negros porque ya está todo dicho. La película es un dechado de buenas intenciones que sigue los pasos de dos de estos niños y sus diferentes penurias. El problema es que las intenciones deben de ir acompañadas de algo de alma. Diamantes negros se limita a la peripecia sin ahondar en ningún momento en las psicologías de los personajes, limitándose a ser meros estereotipos.

El buenismo en el discurso se limita a unos cuantos personajes (blancos) muy malos y con intenciones meramente egoístas y los dos niños (negros) que son muy buenos e inocentes. Por tanto, a los 10 minutos de metraje ya podemos ir adivinando por donde va a salir cada uno de estos seres desalmados que se aprovechan de los pobres negritos.

y , señores muy comprometidos con estas causas, prestan su profesionalidad para dar vida a dos de estos malos malísimos. Poco se puede decir de su labor porque poco pueden hacer con sus esquemáticos roles. Los dos chicos protagonistas, actores no profesionales supongo, se dejan mirar por la cámara pero tampoco demuestran ningún carisma que haga que Diamantes negros vaya mucho más allá de su evidente mensaje.

No niego que lo que cuenta Diamantes negros sea un fiel reflejo de la realidad y que estas cosas pasen realmente punto por punto como se nos cuenta. Pero esto es cine y bien es sabido que la realidad y el cine no se suelen llevar demasiado bien. Mejor habría estado hacer un documental contando esto mismo, quizás hubiese sido un formato más adecuado.

Diamantes negros

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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