En el contexto temporal del advenimiento del Mundial de Fútbol de Mexico en 1986, encontramos Carlos y Gera, dos amigos de diecisiete años que comienzan a conocer el mundo. Su introducción al universo de los adultos vendrá a través de garitos clandestinos, drogas, algo de sexo y mucho rock’n’roll. Todo ello intentando emular un espíritu, el berlinés, aunque como bien indica su título pronto descubrirán que Esto no es Berlín.

Esto no es Berlín

Lo más interesante de la película de Hari Sama reside en el retrato coyuntural y geográfico. Relatos coming of age como este hemos visto ya muchas veces: el descubrimiento del sexo y las drogas, el arte como catalizador de la rabia y, finalmente, el autoconocimiento. Los pasos ya los sabemos y Sama no se empeña demasiado por evitarlos, lo que le resta fuerza a su propuesta. La fascinación de Carlos por este mundo libre que se presenta ante sus ojos funciona de la misma forma ya sea en Berlín, Milwaukee o Cuenca. Y como suele ocurrir en estos casos, los padres son unos seres ausentes, hay un tío enrollado y el contexto acabará separando a ambos amigos en su camino a la edad adulta. El entorno histórico del Mexico de los 80, que como decíamos podía ser lo más interesante de la película, acaba diluido en varias referencias al mundial, pero no hace que Esto no es Berlín se separe de otros relatos similares, convirtiéndose en algo previsible.

El espíritu contacultural de Esto no es Berlín, o al menos el del entorno que refleja, acaba siendo tópico y por momentos conformista: podemos imaginar lo que ha llevado a Hari Sama a hacer esta película pero su mirada, entre nostálgica y moralista, no acaba de aportar ningún punto de vista novedoso. El SIDA, las sobredosis y el sexo sin amor terminarán hundiendo este sueño que prometía ser paraíso y no pasa de somnolencia.

Publicado por Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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