Festival de Málaga 2017: NO QUIERO PERDERTE NUNCA, el laberinto de la memoria

 

Comentaba hace unos días Albert Boadella en una entrevista que “el cine carecía de poesía”. Quiero creer que las palabras del autor teatral no dejaban de ser una provocación, una más a las que nos tiene acostumbrado. Por supuesto, uno no puede estar más en desacuerdo con estas palabras. Y más viendo películas como No quiero perderte nunca, primera de las cintas de la sección Zonazine del Festival de Málaga.

No quiero perderte nunca

ya demostró su pasión por las ensoñaciones y el en su debut, la notable Todo parecía perfecto. En No quiero perderte nunca entramos en la vida de Paula que debe enfrentarse a la pérdida de su madre, mientras afianza la relación con su pareja. Así, en su mente se confundirá presente y pasado, sueño y vigilia, demencia y razón.

Al igual de lo que ocurría en su anterior película, Levis aporta un esteticismo que en cierto modo podemos emparentar con el Malick más desatado y el Lynch más retorcido. Pero no se entienda esto como algo negativo: Levis tiene tal confianza en sí mismo que no teme al ridículo a la hora de plantear las situaciones y no escatima en cuidar la imagen y el sonido, dando lugar a una obra de acabado formal impecable.

No quiero perderte nunca navega sin rumbo aparente aunque decidido por la culpa, la pérdida y la memoria dando lugar a una película que satisface tanto a los sentidos como las emociones: es a través de las imágenes como Levis nos hace partícipes de esta historia de búsqueda de una hija y su madre a través de una casa que no deja de ser un laberinto de la memoria.

Poco más podemos decir de una película que está pensada para ser sentida, no explicada. Una obra que sitúa a Alejo Levis como uno de los grandes tapados del más libre, interesante y poético. Un autor que seguir al que le deseamos salga del anonimato en el que parece estar sumergido. Y ni caso a Boadella.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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