En un patio de París, tragicomedia mal construida

 

En un patio de París apuntaba ser una que, con sus más y sus menos, resultaría refrescante y aportaría algún que otro punto innovador. Y así es, durante los primeros minutos de película se nos presenta a Antoine, un miserable músico que abandona su trabajo y cuyos únicos propósitos en la vida acaban siendo dormir y drogarse. Por esa razón intenta conseguir trabajo como portero en un pequeño bloque de pisos. Un trabajo que, por el simple hecho de limpiar y hacer un poco de caso a los vecinos, le ofrece alojamiento en el que descansar, emborracharse y drogarse cuando le apetezca. Antoine es torpe por naturaleza, despistado y nada espabilado. Por esa razón, resulta gracioso sus primeros días de adaptación a su nuevo trabajo. Entre el grupo de vecinos destaca Mathilde, interpretada por , una paranoica que se obsesiona con una grieta en su salón y piensa que el edificio se desmoronará algún día.

Antoine y Mathilde son dos personajes que encajan a la perfección. Por un lado les une el sinsentido de sus vidas y la sensación de que nadie les entiende. Pero por otro lado el temperamento ansioso y esquizofrénico de Mathilde contrasta con el carácter pasivo y relajado de Antoine. Todo apuntaba a que los dos personajes a lo largo de la película evolucionarían, se reirían de sus desgracias y superarían todos los problemas que les surgieran. Pero la segunda parte de la película adquiere un tono tan trágico y dramático que parece un nuevo film totalmente diferente. Las risas desaparecen progresivamente y son sustituidas por la compasión hacia esos dos protagonistas sumidos en la miseria. Antoine cada vez se droga más y su torpeza que antes producía gracia ahora produce pena. Por otro lado la obsesión de Mathilde aumenta a pasos agigantados, se separa poco a poco de su marido y se apoya cada vez más en Antoine, que parece comprenderla, o que al menos no la juzga.

En un patio de París

La carga trágica se apodera de la película y la acaba convirtiendo en un absurdo melodrama. Los agiles diálogos del inicio son sustituidos por largas y pesadas escenas donde parece que los propios personajes se compadezcan de sí mismos mientras se nieguen a afrontar sus problemas. Cuando los personajes de cualquier película se quedan sin absolutamente ningún deseo y propósito, la obra simplemente muere. Y eso es lo que le ocurre a En un patio de París superada la primera mitad de metraje.

Existen otros puntos negativos que molestarán a cualquier espectador que vea la película. El hecho de ocultar la vida pasada del protagonista, todos aquellos actos, momentos y sentimientos que le impulsaron a vivir la vida que vive una vez abandona la música, es algo que personalmente me crispó mucho. De la vida anterior de Antoine solo sabemos que era músico y que abandonó a una mujer (no sabemos si es su esposa, su hija, su tía, su suegra o simplemente una amiga) a través de una nota. Quizás Pierre Salvadori, director y guionista de la película, pensó que ofreciendo dos pinceladas sobre ese aspecto conseguiría añadir misterio al personaje y a la película. En realidad solo causa frustración y que uno se cuestione si no habría sido mejor rodar una película sobre el declive de Antoine y entender porque inexplicablemente abandonó todo lo que tenía.

En un patio de París

El final de la película es previsible y solo aporta una insignificante revelación a Mathilde. Salvadori se olvida de enviar revelaciones y descubrimientos al espectador, se olvida de hacerle pensar, simplemente le deja ver lo inevitable.

Aun así la obra tiene algún que otro punto positivo. Sobre todo aquellos que derivan de los personajes. Resaltan especialmente un exfutbolista yonqui, un vecino irritante y un vendedor de propaganda de una secta cristiana. Personajes que aportan los momentos más divertidos de la película. Por otro lado sorprende la interpretación de Gustave de Kervern como Antoine, que aporta una enorme verosimilitud a su personaje. Si el espectador espera ver una magistral interpretación de Deneuve, mejor que se quede en casa. Mathilde es una reinterpretación de la esquizofrénica Carol Ledoux de Repulsión; pero esta vez tiene 70 años y su locura no es ni la mitad de interesante que en la película de Polanski.

Si el espectador aun así quiere arriesgarse a ver En un patio de París, le recomiendo que abandone la sala a la mitad de metraje, cuando el peso dramático empiece a florecer desmesuradamente. De ese modo volverá a casa con la sensación de haber visto una buena película, con sus tintes dramáticos, pero divertida y entretenida. Y así se ahorra la decepción final.

Carlos Murcia

A los 14 años descubrí mi pasión por el séptimo arte. Desde entonces nadie ha conseguido despegarme de la gran pantalla. Apasionado no solamente del cine sino también de las series de televisión, los mediometrajes, los cortometrajes, los documentales o cualquier tipo de representación audiovisual. Fiel devoto de Lars von Trier, admirador del cine japonés y de los grandes directores clásicos y de la modernidad. En definitiva, amante del cine como fuente de sabiduría con la que aprender y crecer como persona.

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