Elysium, entretenida obviedad

 

Por derecho propio, Neill Blomkamp pasa a engrosar la lista de directores que tras maravillar con su primera película pega un traspiés tras obtener millones y estrellas de renombre para llevar a cabo su visión en su segunda película. Para nada se puede decir que Elysium sea una mala película, simplemente no consigue llevar a buen puerto los diferentes frentes que abre, quedándose por el camino la sobresaliente película que podía haber sido.

Si funcionaba como metáfora del sudafricano y, en el fondo, como crítica a cualquier discriminación social, en Elysium la parábola se refiere a la sanidad y la igualdad de oportunidades de una forma demasiado obvia: se nos repite hacia la saciedad lo de que no está bien que la sanidad sólo esté disponible para unos pocos. Lo que funciona en películas de como la mencionada District 9 o Robocop es que el mensaje permanece diluido y nunca es explícito, que eso de ser muy explícito está muy feo.

De todos modos, Elysium consigue ser una película atractiva y, al menos, entretenida durante sus dos primeros tercios: tanto la ambientación como el más que correcto trabajo de Matt Damon nos llevan por buena parte de la trama si pasamos por alto ciertas obviedades y concesiones para hacer avanzar la historia.

Pero, por alguna extraña razón, Elysium decide ser otra película en su parte final, sobre todo a raíz de cierta discutible y absurda decisión por parte del personaje de Kruger. A partir de ahí todo se desboca en un sinsentido hasta llegar al previsible final. Cuesta creer que un director-guionista que había demostrado hasta entonces cierto pulso para que le perdonásemos ciertas cosas, caiga en una cadena de desastres que casi destroza lo que habíamos visto anteriormente. Por no hablar del triste papel de , que poco puede hacer por defender su personaje.

Crítica Elysium

Siempre nos quedará la estimable hora inicial y el excelente y veraz universo creado por Bloomkamp. Elysium permanecerá en el recuerdo de pocos debido a su enorme falta de riesgo a la hora de plantear una historia que además casi nos han reventado en el espantoso trailer que circula por nuestras pantallas.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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