El legado de Bourne, olvidando lo aprendido

 

La saga de las anteriores películas de fue un buen ejemplo de que se podía hacer un cierto cine de que contentase a los aficionados del género y a los gafapastas reticentes a este tipo de producciones: los primeros disfrutaban con los corre que te pillo interminables y los segundo arqueaban la ceja recordando los thrillers de Sidney Pollack de los 70. Todos contentos. Por eso cuando se planteó el proyecto de continuar la saga y viendo los implicados nada nos hacía temer el fiasco ante el que nos encontramos.

El principal problema de El legado de Bourne es que es una película aburrida y eso es ciertamente imperdonable. La no-historia se arrastra durante más de dos horas en un sinsentido de jerga de espías y de confusión narrativa para que parezca que nos están contando una trama muy compleja. Parece que lo han basado todo en coger literalmente trozos de las anteriores pelis de Bourne y mostrarnos un desfile de actores de prestigio. Y aquí se descubre el pastel: la estafa de apariencia de calidad de cara a la galería dentro de un producto vacío.

Las escenas de acción eran unos de los grandes alicientes de las películas protagonizadas por y, sobre todo, por las dirigidas por Paul Greengrass. Siempre me quedaré con la escena de la estación de Waterloo en El ultimatum de Bourne: Toda una lección de planificación y montaje que merece ser enseñada en las escuelas.

Todo esto está extrañamente ausente en El legado de Bourne. Las escenas de acción escasean y, como comentaba antes, la trama no va más allá de un lío de espías incomprensible. Lo que está claro es que Tony Gilroy será un competente guionista (es el autor de los libretos de las anteriores) pero como director de este tipo de cine no sirve. Ni el hecho de que pongan a actores de la talla de y para apoyar a Jeremmy Renner nos hace despertar del sopor que nos obliga a mirar el reloj del móvil más veces de las deseables.

Sólo el tramo final recupera cierta tensión pero ya es tarde. Ya nos hemos ido de la película y nos da todo igual. Y de repente dejan de perseguir a Aaron Cross, salen los títulos de crédito y termina la película.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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