El gato con botas, sorprendente diversión asegurada

 

De la amplia galería de personajes que poblaban el universo de Shrek, el gato con botas fue uno de los que mayor aceptación y carisma tuvo desde su aparición en la segunda parte de las aventuras del ogro verde. Con el fin de explotar la gallina de los huevos de oro, nunca mejor dicho como veremos a continuación, la idea de sacar un spin-off de este personaje pronto se hizo presente. Todos sabemos que lo primero para es la taquilla y después, si les queda tiempo, hacen una buena película (la devaluación de la saga Shrek es el mejor ejemplo). Por esto, no esperábamos demasiado de El gato con botas.

Normalmente en las películas de animación dobladas no solemos tener el gusto de poder disfrutar de actores de renombre (no, lo de Paco León en Madagascar no vale) como sí pasa en las originales estadounidenses. El hecho de que aquí tanto como hayan puesto las voces en la versión española aporta un gracejo adicional que desconozco si estará en la versión USA. Porque El gato con botas es una película graciosa y entretenida y a mi eso ya me vale. Banderas tiene gracia (que para eso es andaluz), se nota que disfruta con el personaje, lo hace suyo y eso se ve en pantalla.

Una de las cosas que parecen haber aprendido los de Dreamworks de la saga de Shrek es que por acumular muchas tramas y personajes la película no va a ser mejor. La historia de El gato con botas es sencilla: vemos su origen, una aventura que incorpora el cuento de Juanito y las habichuelas con su correspondiente gallina de los huevos de oro y un par de simpáticos personajes, el huevo Humpty Dumpty y la gata Kitty. Otra cosa que también se agradece es que hayan huido del humor pretendidamente irreverente de Shrek. El humor es más blanco pero más efectivo y los gags están mejor medidos.

El gato con botas se puede considerar una sorpresa porque tampoco esperábamos mucho pero es lo que hay. El buen sabor de boca que deja una película divertida, funcional y que te hace pasar un buen rato.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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