Doctor Strange, la magia de la inteligencia

 

Ocho años y trece películas después de su debut en el mundo de la producción, Marvel Studios parece haber encontrado el Santo Grial del buen cine comercial, poniendo de acuerdo a los críticos más selectos (en este caso los de Rotten Tomatoes, no los de Cahiers du Cinema) y al público más o menos exigente. En Doctor Strange, su película numero catorce, presenta a un personaje más bien desconocido para la masa mediante un plantel de actores que bien podría encabezar cualquier Oscar bait que sufrimos año tras año. Los nombres de Cumberbatch, Swinton, Ejiofor, Mikkelsen y McAdams ya serían suficiente para que una película nos resultase atractiva; si además lleva el ya infalible sello Marvel podemos estar seguros de que nada podrá salir mal.

Doctor Strange

Doctor Strange narra la previsible peripecia de un arrogante cirujano que tras un accidente se ve impedido para continuar su profesión. Será en el Tíbet donde encontrará su verdadero destino como Hechicero Supremo tras descubrir un mundo lleno de múltiples dimensiones, manipulaciones temporales, devoradores de planetas y diversos hechizos mágicos en libros secretos. Este paso del hombre científico al hombre de magia es realizado por Scott Derrickson con enorme retranca, sabiendo que como se tome la cosa demasiado en serio puede resultar ciertamente ridícula. Esta opción de trufar de humor casi toda la parte del aprendizaje del héroe es probablemente el punto más débil del guión de Derrickson junto a Jon Spaihts y C. Robert Cargill, ya que algunos de los chistes entran demasiado con calzador y otros son definitivamente demasiado infantiles; y aunque se agradezcan los acercamientos al slapstick, las roturas del tono no siempre funcionan tan bien como sus autores querrían.

Habiendo despachado el principal pero que le podemos poner a Doctor Strange, nos queda un más que sabroso espectáculo que no deja de lado el aspecto humano del asunto. En este sentido, el duo formado por un más que eficiente Benedict Cumberbatch y un esquinado toman el peso de la acción donde por desgracia pulula un quizás desaprovechado , cuyo papel es el de simple sicario de un malvado ente interdimensional. En el apartado femenino, encontramos a una divertida Tilda Swinton, saboreando cada una de sus líneas como si en una película de se encontrase; en cambio, menos presencia tienen que tiene que lidiar con un papel de sanadora del héroe con escaso peso dramático.

Doctor Strange

Es en el apartado visual, sobre todo en el último tercio de película, donde Doctor Strange despliega todo su potencial imaginativo con arquitecturas imposibles que hacen palidecer a Origen (), bucles temporales mucho mejor resueltos que en El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares y viajes psicodélicos de clara estirpe kubrickiana. Scott Derrickson ofrece el espectáculo que deseábamos ver por parte del Doctor Strange sin miedo a forzar la máquina visual y narrativa con complicadas reglas que están para ser dinamitadas cada vez que haga falta. Quizás no tenga el guión más original del mundo, pero funciona como un reloj y es aquí donde vemos una férrea mano en la sombra que no deja cabo suelto, con la intención de que no se produzca ningún descarrilamiento de la maquinaria (algo más digno de DC).

Otra de las últimas virtudes que podemos destacar de Doctor Strange es su completa independencia del resto del Universo Cinematográfico Marvel, asunto que lastraba enormemente la anterior aventura de los héroes más poderosos de la Tierra. Aunque hay una inevitable referencia a Los Vengadores, se resuelve con enorme elegancia su no presencia en esta crisis: ellos están para las tortas y aquí hay que usar más la cabeza y la inteligencia. Así, Marvel vuelve a dar en la diana haciendo fácil lo que para otros parece ser difícil: hacer una obra de entretenimiento notable con el punto justo de originalidad abriendo un camino que estaremos encantado de explorar en las próximas apariciones de este extraño doctor.

 

 

 

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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