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Aquaman, fascinante garrulismo

 

Aquaman empieza casi como un cuento de hadas. Con unas imágenes sorprendentemente bellas y cuidadas, se nos relata una improbable historia de amor y fantasía que abraza sin complejos una ñoñería muy ingenua que nos recordará más a las primeras producciones de Disney que al cine de superhéroes actual. Pronto, lo cuqui se ve interrumpido por una explosión repentina a la que le sigue una ensalada de hostias rodada de forma exquisita y con un dinamismo muy por encima de la media. Lo que viene después son las dos horas más excesivas y profundamente majaderas que se han visto en toda la historia del género. Y lo cierto es que resulta imposible resistirse.

Aquaman

El guión no nos lo pone fácil, porque no es bueno. Tampoco es malo, pero a veces parece el fanfic que escribiría cualquier preadolescente que se venga arriba tomando prestados cientos de elementos que ya hemos visto mil veces en otras obras. Aun así, no nos llega a ofender. No hay ningún momento, ninguna frase, ninguna broma con la que nos queramos pegar un tiro en la cara. No es Escuadrón Suicida, para que nos entendamos. Imaginad en su lugar una versión hiperbólica y desatada de la primera entrega de Thor: la misma mediocridad sobre el papel, pero demostrando cien veces más pasión en todo lo demás.

Nos encontramos ante una anomalía muy extraña a la par que fascinante. ¿Quién nos iba a decir hace unos años que la película de Aquaman iba a ser más grande, más intensa, más espectacular y con una escala muy superior a la de la Liga de la Justicia? Podríamos estar hablando del mayor despilfarro de medios, dinero y ganas en el personaje que más se la suda universalmente a todo el planeta. Algo debe de estar muy podrido en Warner, al menos en el departamento que decide cómo gestionar sus recursos, pero nos da igual.

Nada de esto importa, porque antes de que nos demos cuenta otra escena tranquila habrá sido interrumpida por una explosión inesperada. No lo digo en broma: si algún intrépido espectador ávido de emociones fuertes quisiera jugar a beberse un chupito cada vez que los guionistas utilizan ese recurso, el pobre diablo acabaría en un hospital con el peor coma etílico que haya sufrido un ser humano. Con un ritmazo hiperactivo y un desprecio casi total hacia los momentos más reflexivos, Aquaman es una montaña rusa efectista que hará todo lo posible para que el interés no decaiga durante su extenso metraje.

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Se agradece mucho que en una cinta de orígenes decidan poner toda la carne en el asador y no se guarden nada para las hipotéticas secuelas. Aquí van a por todas. A por todas de verdad. Con grandilocuencia, con demencia, sin miedo. Y es que su afán por la desmesura no sólo se percibe en las escenas de acción, sino en cualquier otro aspecto del film. Esto podría ser un motivo de crítica, puesto que es innegable que se abarcan muchas más subtramas, tonos y escenarios de los recomendables. Lo que no se le puede achacar es que sea un ejemplo clásico del «quien mucho abarca, poco aprieta», porque aquí se aprieta. Joder que si se aprieta. Hasta la asfixia. Sus responsables dejan a David Carradine a la altura del betún. No hay ni un solo jardín en el que se metan sin darlo absolutamente todo en el proceso. Para bien o para mal.

Uno casi puede imaginarse las conversaciones en la sala de guionistas: «¿Que la batalla final ya tiene a un bicho gigante? ¿Por qué no meter a otro mostrenco aún más grande poco después y que se curtan el lomo entre ellos? ¿Que ya tenemos a un villano que representa en sí mismo una amenaza importante para nuestro héroe? Nos la suda. Metemos a otro también. Por si acaso. Para no hacer corto. Aunque la trama vaya a funcionar igual —o incluso mejor— sin él. ¿Cuántas veces dices que hemos hecho la coña de interrumpir un diálogo con una explosión? ¡Desde luego, no las suficientes! ¡Mete tres o cuatro más!».

El viaje nos dejará exhaustos y, quizá, con la sensación de que nos han tomado el pelo. Pero aun así no nos quedará otra que admirar los enormes cojones de James Wan: ese señor de fascinante carrera que no sólo no tuvo suficiente con revitalizar —varias veces— el género de terror, ni con hacer de la séptima entrega de Fast and Furious un auténtico peliculón, sino que también ha reunido el valor y el estómago suficientes como para insuflarle al universo cinematográfico de Warner/DC la energía que necesitaba para sobrevivir. Y lo ha hecho, insisto, con una adaptación de Aquaman. No una de Batman. No una de Superman. No. Del tipo éste del traje amarillo que lleva un tridente y habla con peces.

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Nada de esto habría funcionado sin la labor de este director, quien cada vez está más claro que es el realizador modélico para esta clase de proyectos, derrochando estilo y dotando a sus imágenes de una belleza plástica apabullante. Sí que es verdad que en ocasiones se le va el asunto de las manos y parece que estemos viendo un clip de Youtube de esos tan graciosos con escenas de alguna película turca sobrecargada de efectos especiales vergonzosos, pero hasta eso forma parte de su encanto. Y ya que saco el tema, también resulta refrescante que Wan no abuse de las amenazas por CGI y nos obsequie con unos enemigos que lucen indumentarias dignas del peor episodio de los Power Rangers.

Sí, es inevitable fantasear con la idea de que le den alguna vez un blockbuster de mayor categoría con el que trabajar. Viendo las espectaculares set pieces que se marca aquí, ríos de lefa derramará más de uno —entre los que me incluyo— pensando en lo mucho que nos gustaría verle dirigiendo la quinta entrega de Vengadores cuando los hermanos Russo se retiren. Esto probablemente no ocurra nunca, pero a día de hoy el tener sueños húmedos sigue siendo gratis.

Volviendo a la realidad, Aquaman es divertida. Muchísimo. Pero no podemos negar la evidencia: es el equivalente superheróico a las aventuras de Toretto y compañía en la ya mencionada saga de Fast and Furious. De hecho, cuando a mediados del segundo acto nos cuelan una canción de Pitbull ya ni nos ofendemos, porque lo vemos venir. Lo preocupante es que hasta nos lo pide el cuerpo. Ésta no es una cinta que puedas ir a ver con gafas de crítico de cine sibarita, porque vas a acabar mal. Aquaman es como intentar ir de indie por la vida, pero acabar emborrachándote en una boda y ponerte a cantar como un poseso en cuanto suena aquello de «si a ti te gusta morder el mango bien madurito…».

No, Aquaman no es tan buena como Wonder Woman. No, no es exactamente el camino idílico que me gustaría que siguieran los personajes de DC en la gran pantalla. Pero sí que es la clase de producto garrulo y diseñado para reventar el mercado chino que me hubiera gustado que fuera la reciente Venom. No dudéis en acudir en masa a vuestro cine más cercano para verla, pero aseguraos de hacerlo después de haber hecho siete veces lo mismo con Spider-Man: Un Nuevo Universo. Que esa sí que es buena de verdad. Sin reservas.

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