A Royal Affaire, Good Vibrations y Reality, cómo darse de bruces con la realidad que te rodea

 

Tres películas vimos ayer en el Festival de Cine de con el factor común de estar basadas en hechos reales las dos primeras. Por su parte la italiana Reality propone una observación del la realidad napolitana mediante un personaje obsesionado en ir a Gran Hermano.

consiguió el premio a la mejor interpretación en el pasado Festival de Cannes por la danesa Jagten y es sin duda lo mejor de esta lujosa producción danesa.

Para la joven Carolina Matilde (Alicia Vikander), casada aún adolescente con el rey de Christian VII, es un reto vivir con un marido ciclotímico. Carolina se rinde a los encantos del médico personal del rey, el intelectual progresista Johann Friedrich Struensee. Pero la red que tejen trasciende la intriga palaciega para ahondar en un triángulo político-sentimental de lo más moderno, con Struensee dividido entre su lealtad al rey, su amor y su oportunidad de convertir una Dinamarca aún medieval en un país ilustrado. 

El principal problema de A Royal Affaire es que su excesivo academicismo no transciende a la interesante anécdota que está contando quedándose finalmente en una pedagógica lección de historia danesa. El muy eficaz plantel de actores mantiene nuestra atención lo suficiente pero las más de dos horas de duración de la película se hacen demasiado pesadas.

En Good Vibrations asistimos a otro relato real también enmarcado en la historia del Belfast de los años 60 y 70 con toda su convulsión política de fondo.

Good Vibrations se llamó la tienda que Terri Hooley abrió inspirado por el espíritu de Hank Williams. La leyenda se fragua el día en el que Terri descubre el punk y pierde los papeles por ello. Hipotecando su casa y abandonando a su mujer encinta para grabar discos, nunca hubo un perdedor más épico que él: capaz de producir la mejor canción de la historia según John Peel y no ver un duro, de aupar y a la vez hundir la carrera de Rudi y de The Outcasts y de abarrotar el Ulster Hall para terminar en bancarrota.

Nuevamente la labor del actor principal, Dylan Moran, es lo más interesante de esta producción irlandesa que se mueve entre la experimentación formal y el biopic puro y duro sin llegar a cuajar en ninguna de las dos facetas. Interesante por la historia del personaje en si más que por la narración fílmica, Good Vibrations no se contagia del espíritu punk del personaje y lo que debería haber sido desenfadado y veloz se queda demasiado a medias en sus intenciones.

La tercera película que vimos fue la italiana Reality del director de la afamada Gomorra. Huyendo del dramatismo de aquella Matteo Garrone vuelve a pegarse a los personajes de Nápoles para contarnos la historia de Luciano.

Luciano es un pescadero napolitano, macho alfa y padre de familia que aspira a entrar al “Grande Fratello” para ganar fama y dinero. Un día, la oportunidad se le presenta en forma de casting en su propia ciudad, y Luciano pasa con nota las dos primeras fases. A partir de aquí, el sueño se torna cómicamente en pesadilla orwelliana.

Reality consiguió el Gran Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes y buenamente podría haber conseguido también un galardón para su protagonista Aniello Arena. La mezcla de realidad y ficción es uno de los puntos más fascinantes de Reality con esa unión de actores profesionales y personas reales que, en este caso, funciona a la perfección. El retrato de un barrio, sus vecinos y una familia napolitana te mantiene boquiabierto ante la pantalla atrapado entre la chabacanería y la ternuna que produce lo que estás viendo. La ilusión contagiosa de Luciano por entrar a Gran Hermano no deja de esconder una crítica a la sociedad que ha creado estos monstruos: empezando por la televisión y terminando por sus espectadores. Pero esta crítica está trazada con la suficiente delicadeza, prestando atención a los detalles humanos, que casi que sentimos más compasión que desprecio por Luciano y su entorno. Una pena que la historia se regodee en si misma en muchos momentos y no esté rematada con una final más redondo. Pero, por ahora, Reality es de lo mejor visto en el Festival.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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