À perdre la raison, Boy eating the bird’s food y Arraianos, los caprichos de la naturaleza

Otras tres películas del Festival de Cine Europeo de . Dos dentro de la sección oficial y una de la nueva sección Nuevas Olas que recoge producciones más radicales o arriesgadas.

À perdre la raison viene precedida de un premio en a su actriz Émilie Dequenne que ha crecido desde su debut en de los hermanos Dardenne. No cabe duda que es el mayor aval de esta producción belga.

Cuando la alegre Murielle (Émilie Dequenne) conoció a Mounir (Tahar Rahim), la euforia de saberse el uno para el otro hizo arder la llama que les conduciría directos al matrimonio. Nada hacia presagiar el horror que vendría al cabo de unos años. Las arenas movedizas de una vida privada contaminada por el exceso de trabajo e hijos y la omnipresencia de un intruso -el doctor Pinget, viejo benefactor de Mounir que acaba viviendo con la pareja- van engullendo la razón de Murielle que acabará tomando medidas más que desesperadas ante una situación a la que no ve salida. 

Joachim Lafosse corre varios riesgos a la hora de plantear la escritura de À perdre la raison de los que no sale del todo bien parado si el espectador no es paciente. Prácticamente la primera hora de película plantea una historia demasiado normal para llegar a ser digna de interés: asistimos mediante cortas secuencias y numerosas elipsis a casi diez años en las vidas de Murielle y Mounir donde no pasa demasiado fuera de lo normal. Es un peaje que nos hace pagar para que asistamos a la descomposición psicológica de Murielle interpretada con gran realismo y ausencia de histrionismo por Émilie Dequenne. Después nos pone en la situación de comprender a la joven madre a la vez que hacernos partícipes de su inesperado desenlace. Una película incómoda por su naturalismo y verdad.

Incómoda también pretende ser Boy eating the bird’s food de Ektoras Lygizos, una muestra más de ese cine raro proveniente de Grecia que tiene a Canino como punta de lanza.

Un joven y nervioso contratenor sin empleo vive en un desangelado piso ateniense sin apenas contacto con otros seres humanos ni alimentos que llevarse a la boca. La obtención de nutrientes es un serio problema que capea de mil diversas maneras: desde distraer el azúcar del vecino hasta compartir alpiste con su canario. 

Aquí la incomodidad es totalmente impostada y artificial con la simple intención de crearnos desasosiego sin un rumbo claro. La falta de motivaciones o explicaciones del personaje así como una total carencia de contexto en sus acciones terminan de sacarte de la película donde solo estás esperando que acabe cuando al director le dé la gana. Seguro que después el director dice que esa era su intención y que esto es un relato sobre la juventud y lo que sufren las clases medias. Pues vale. Él sabrá.

Por último vimos la producción gallega Arraianos de Eloy Enciso dentro de la nueva sección del Festival, Nuevas Olas.

Tras la densa niebla, atravesando la espesura del bosque, hay una aldea en la que tiempo se ha parado. Una autarquía en el antiguo Couto Mixto, en la raia seca entre Ourense y Portugal de luz sobrenatural y olor a tierra húmeda, cuyos recios habitantes viven en taciturna resistencia. Son los llamados arraianos, gentes de insondable sabiduría. 

Arraianos es una película con una marcada intención poética y que no tiene la intención en ningún momento de acotarse a ningún registro ni ficcional ni documental. Está claro que la vocación mayormente sensorial de la obra puede echar para atrás a muchos espectadores pero les recomendamos que se dejen llevar por la belleza de las imágenes y sonidos que Enciso nos propone. Una cinta muy particular pero encantadora al tiempo que muy llena de optimismo si tenemos en cuenta la dureza del ambiente en el que se sitúa.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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